martes, 14 de diciembre de 2010

Parque Natural de Ordesa (II)

Domingo
Tras someternos a unas reparadoras duchas calientes al llegar a casa el día anterior, engullir nuestra buena ración de proteínas e hidratos de carbono para cenar y jugar una interesante partida de póquer, nos metimos de lleno con una de las actividades que más nos apetecía a todos en ese momento: dormir como campeones.
Esa fue una mañana para no madrugar después de la buena sesión de caminar que nos dimos el día anterior. Nos fuimos levantando sin prisa, de modo remolón y con aire cansino quién más, quién menos. Tal era nuestra poco entusiasmo por hacer algo físico que acabamos jugando otra timba (que aprovecharé para apuntar que gané nuevamente).
A mediodía ya empezamos a mover nuestros cuerpos fuera de la casa y las cómodas sillas con las que estábamos empezando a tener simbiosis. Y lo hicimos con el noble objetivo de hacer una parrillada para comer. Y en vista de que el asador se hayaba ocupado en ese momento incluso nos atrevimos a abandonar los límites de la parcela para estirar las piernas dando un paseo y haciendo algo de hambre para la hora de comer.
No mucho después llegaba nuestro turno y empezamos a llenar la parrilla mientras nos acomodábamos junto al fuego.

Tiempo hubo hasta de hacer nuevos amigos que se me antoja se movían por impulsos más primitivos que la pura solidaridad.


Como siempre en estos casos, el hambre y las salivación crece de forma directamente proporcional al tueste de la carne y la presencia de los olores a tostado. Esto es lo mejor, y lo imperdonable, de cada viaje siempre que se dispone de chimenea, asador o permiso para hacer fuego.

Convenientmente acompañadas las chuletas y demás carnes de unas verduras a la plancha y regadas con un buen vino, pasamos un buen rato llenando la panza. Hay que darse caprichos gastronómicos de vez en cuando y no hay otro como el que procede de cocinar al fuego o a la brasa.
Pasamos gran parte de la tarde en casa hablando y riendo hasta cerca de las 18:00 cuando algunos salimos a dar una pequeña vuelta por los alrededores de  Ceresa. Una caminata corta pero fructífera ya que descubrimos un pequeño rocódromo en roca a escasos 600 metros del pueblo. Con más de una veintena de vías equipadas y factible de practicar en búlder por las cotas bajas, no pudimos disfrutarlo por encontrarse bastante mojado por las lluvias caídas esos días.
Al caer la noche decidimos acercarnos a ver el pueblo de Aínsa antes de cenar. Aparcamos por el centro del pueblo y, tras preguntar en la Oficina de turismo, nos encaminamos hacia la parte alta del mismo donde se encuentra la Plaza Mayor.

Esta parte del municipio aparece muy cuidada y claramente orientada al sector servicios por su interés turístico. Las luces y la piedra de los edificios ofrecen unas bellas estampas.

Sin desmerecer a los objetos típicos que han dado el salto a una vida menos sufrida y más estética.

Al poco de entrar en la parte más antigua del pueblo, encontramos un establecimiento que convidaba a frutos secos y vino caliente a los transeúntes interesados.

Continuamos nuestro camino ascendente con la iglesia parroquial de Santa María delante de nosotros.

De estilo románico y acabada en el siglo XII, presenta una singular torre por su elevada altura, inusual en el románico aragonés, y por las saeteras desarrolladas para su defensa.

Nos encontramos ya en la antesala de la Plaza Mayor, en la pequeña plazoleta adyacente a la iglesia.

Ya en el destino nos dedicamos a callejear un poco sin rumbo claro y después tomamos unas cervezas en un bar sin humos para salvaguardar los pulmones de la más chiqui del grupo: Claudinha.
Enseguida volveríamos a deshacer lo andado para coger los coches de vuelta a casa.

Nuevamente esa noche después de la cena, nos volverían a dar las tantas entre palabrerías, juegos y carcajadas.

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