domingo, 23 de agosto de 2009

Picos de Europa (III)

Día 3: Potes - Caín (retorno igual)
Distancia: 65 km // Tiempo: 2:00 h // Consumo: 7 L
Combustible: 6,72 € // Peajes: 0,00 € // Total: 6,72 €
Itinerario VíaMichelín
A sabiendas de lo que nos encontraríamos en la carretera, el miércoles sí que madrugábamos. Recogemos la cama y acondionamos la furgo para el viaje, aseo, desayuno y partimos después de contrastar nuestra idea de itinerario con el personal del camping.
Salimos por la N-621 en dirección Riaño. Enseguida se llega al puerto de San Glorio que se presenta con estas vestiduras blancas a esa hora de la mañana

a las que ya algunos ciclistas osaban subirlo y además charlando animadamente. La parte alta del puerto está siendo objeto de una renovación del firme, con lo que es muy probable encontrar maquinaria pesada trabajando.
Descendemos por el otro lado hasta Portilla de la Reina, donde, nada más pasar el pueblo, entroncaremos con la LE-243 que nos llevará a pasar un nuevo puerto, el de Pandetrave.
A la altura de Santa Marina de Valdeón, hay obra para hacer una vía que circunvale la población. Tuvimos que ir hasta Posada de Valdeón por camino asfaltado de un solo carril en el que por suerte solo coincidimos con un coche en dirección contraria. Paramos aquí a tomar un café, ya que la carretera de acceso a Caín también está en obras y no se abre al tráfico hasta las 11:00 desde las 7:00. El siguiente periodo de corte va de 14:00 a 18:00.
Justo antes de poder continuar el camino paramos en el mirador del Tombo, con el conocido monumento al rebeco

Aparcamos en Caín, en una explanada prevista a tal efecto y en la que te cobran 3€ del ala por estacionar todo el día. Es un parking de dudosa legalidad, para que lo sepa el que vaya.
De lo que es la ruta completa

nosotros caminaríamos el 75%, ya que al llegar a Los Collados decidimos parar a comer y dar media vuelta. Eran en torno a las 14:00 y caía una solana que derretía la piel. Ya habíamos visto lo más impactante y quedaba lo más duro. Mirando la balanza la decisión era fácil: media vuelta y ya veremos el resto otro día.
La ruta es muy bonita, pero exageradamente concurrida en esta época del año. Es un sendero de unos dos metros de anchura con una caída que puede llegar a unos 80 metros (según mi ojímetro), bastante llano (salvo la zona más cercana a Poncebos) y con un terreno pedregoso en el que es recomendable calzar, cuando menos, zapatilla de montaña sino botas.
El sendero se hizo a al poco de construir el canal que recorre toda la garganta y que se acabó en 1921.
Mientras caminábamos nos dió tiempo para sacar algunas fotos que para nada, como es habitual, reflejan la grandiosidad del entorno. Por ejemplo, desde la presa de Caín

o una vista del puente de los Rebecos

curiosas formaciones en las laderas al salir de la garganta

o la ruta excavada en la piedra en la parte alta del recorrido

También disfrutamos viendo cabras que bajan hasta el camino para pedir, literalmente, comida a los caminantes. Lo malo es que se la dan, lo que puede provocar una costumbre en ellas y que les haga perder la capacidad de autoabastecimiento.

En total andamos unos 16 kilómetros en aproximadamente 4 horas.
Lo más difícil de llevar el calor que tuvimos que pasar, que pudimos rebajar una vez estuvimos de vuelta en Caín. Nada más pasar el puente de los Pinteros, nos bajamos al río y, descalzos, metimos los pies en el agua congelada del Cares.

Allí estuvimos un rato hasta que el cansancio nos llevó a comernos un helado primero y echarnos la siesta en la furgo después. ¡No se paga con dinero eso de tener una cama de matrimonio en el lugar que tú quieras... o necesites!
Esperamos hasta las 18:00, hora a la que abrían la carretera de nuevo, para poder emprender el camino de regreso como hormiguitas en línea. Fue más complicado que el viaje de ida porque en esta ocasión nos cruzamos con un buen número de coches y es una carretera de un único carril y muchas veces sin asfaltar.
Volvimos tranquilamente hacia el camping, sin prisa, disfrutando el momento. Cansados pero con gusto.
Paramos a ver el paisaje desde el mirador del Corzo

para deleitarnos con la visión desde las alturas que habíamos presenciado ya por la mañana pero, en esta ocasión, sin la mágica niebla que todo lo envolvía unas horas antes.

A la llegada a casa ducha, una buena cena (que había hambre) y, para seguir la costumbre, un poquito de lectura a la luz del candil antes de irnos a dormir.


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